El día parecía lejano y sin embargo ya está aquí. La tecnología ha invadido nuestras vidas, se ha vuelto portátil y funcional. Cada gadget ofrece cada vez más funciones, y nosotros nos hemos convertido en insaciables consumidores. Esto no es una tendencia pasajera, es el inicio de una nueva era que —inalámbrica o no— hará de la información el elemento omnipresente de nuestras insignificantes vidas. Y es la celeridad con la que esta nueva era ha dado inicio la que me asombra e incluso me intimida. Es una emoción que muy probablemente resulta de un pensamiento en particular: hoy puedo controlarlo, mañana no estoy tan segura. Miro a mi alrededor y este pensamiento se repite en cada cosa: en el iPod nano de mi amiga, en el Treo 650 de mi jefe, en mi propio celular, en el perro electrónico de mi hermana, en los dispositivos GPS de mis sobrinas, en las noticias, en Sputnik. Entonces pienso en la frase que adorna nuestras portadas: Lo último y lo que viene. No es la primera parte de la oración lo que me intriga… sino la segunda. “Lo que viene”, repito en mi cabeza como si se tratara de un mantra . Y por lo general nunca sé qué diablos es lo que viene, no sé cuándo viene ni sé con qué impacto viene… Lo que más me satisface, incluso dentro de esta incertidumbre, es saber que “lo que viene” siempre rebasará mis expectativas de simple mortal. Si hoy ya existen accesorios para cualquier perfil de usuario, me cuesta trabajo imaginar qué es lo que sigue. Lo que sí me queda claro es que será algo perfectamente lógico, a lo que nuestra respuesta será un irremediable “cómo es que no se les ocurrió antes”.