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Condones por la ventana


En : Sexo

Me gusta ese ambiente sordidón de Brooklyn.
La banda latina con sus collares enormes de oro y diamantes, sus pantos anchotes hasta debajo de la rodilla, tenis impecables de buena marca, camisetas blanquísimas y cualquier tipo de gorra acomodada de mil maneras y sobre todo su caminar despreocupado. Me detuve a saludar a la banda con quien había pasado la noche, echando desmadre.
De repente pasó Cano y me trepó en su bicicleta.
Sentía que su bici iba a 200 km/h y el viento me arrancaba el cabello.
Subimos por un elevador con olor a orines al piso 15 del edificio de departamentos, con todo y bici y una serie de negros con abrigos de piel y anillos vistosos.
Me pidió que no hiciera ruido. Su mamá dormía. Abrió la puerta y de puntitas entramos. Me pasó a su cuarto. Prendió la tele a todo volumen, nos fumamos un churro asomados por la ventana, viendo el puente de Brooklyn alumbrado. Comenzamos a coger.
Cada vez que se venía tiraba el condón lleno de semen por la ventana. ¡Qué bien! Creo que se vino unas once veces. Su capacidad para coger, venirse, seguir cogiendo y volver a venirse era casi interminable.
¡Qué suerte!
Me invitó a quedarme el tiempo que necesitara.
Por las tardes, después de haber pasado el día cogiendo, nos asomábamos a la ventana para ver llegar a su madre. Una mujer gordísima, con su carrito de golosinas para vender.
Los condones pendían de diversas partes de la pared y tuberías de la calefacción.
Como siempre al llegar, la madre arremetía contra la puerta del cuarto de Cano, gritándole una serie de
amenazas y groserías, sin parar.
Creo que venía de Cuba, por el acento.
Se ponía fúrica porque el “hijo de puta” se había comido su queso, había dejado cabellos en la tina del baño, porque era un mantenido y no trabajaba y la policía lo andaba buscando. Ante el embate, Cano subía más y más el volumen de las enormes bocinas de su enorme tele.
Todas las mañanas, al irse su madre, iba a la cocina a traerme a la cama un cafecito con leche caliente y unos sándwiches deliciosos. Yo le daba un par de dólares para que comprara mota. Se sabía de memoria los diálogos de todas las películas de Schwarzenegger y los repetía en voz alta. Además de eyacular tantas veces, tenía la capacidad de ver la tele y coger al mismo tiempo sin menoscabo del placer. Día y noche la televisión estaba encendida. Cuando regresaba de Manhattan de mis asuntos, le telefoneaba desde la estación del Metro y me esperaba saludándome con la mano desde la ventana. Con señas de niño travieso me daba los pormenores para franquear a la gordacapataz. De regreso a su cama cogíamos otras tantas veces e igual número de condones eran expulsados a través de la ventana.
A mi regreso todo estaba impecable. La ropa que había dejado en el suelo, los trastes del desayuno, revistas, la cama sin hacer, etc. Sus grandes tesoros tenían un lugar exacto y a diario los reacomodaba, aún sin que se hubieran movido, y los limpiaba: un libro empastado con plástico que cubría el dibujo de una chica encuerada, su certificado con foto del kinder garden, una pecera con lombrices vivas, un casco de juguete de los yanquis de Nueva York, una araña de plástico con la que me asustaba y el retrato de los 15 años de su hermana, donde sin querer aparecían los dedos del ayudante del fotógrafo, deteniendo las flores para la composición de la foto kitsch.
- “It’s the police! Open the door!
Knock, knock, casi tiraban la puerta. Cano me tapó la boca. Nos quedamos petrificados. Yo me sentía en alguna serie de televisión gringa. Se fueron.
- Es que no he ido a firmar para reportarme, tengo que ir cada mes. Me cogieron por drogas, fue un chismoso el que me acusó. Lo voy a matar. Pero estando contigo ya no necesito fumar crack.
Era tan frágil, tan indefenso.
La noche de halloween regresé como a las 2 de la mañana, me pidió que cerrara los ojos para darme una sorpresa que guardaba en el armario.
- ¡Listo! ¡Abre los ojos! – me dijo
Llevaba una máscara de plástico de Jason, los brazos levantados con un cuchillo en una mano y un machete en la otra. Se dejó venir hacia a mí. Me puso el cuchillo en el cuello.
- ¡Toca el filo que tiene! – me gritó acercándome el machete.
Tenía apenas una semana de conocerlo.
Sin mostrar miedo, pasé mis dedos sobre el canto del arma. Una línea roja de sangre se pintó en mi mano.
Rápidamente dejó los cuchillos y se quitó la máscara. Se puso a lamer mi mano.
- Oh, my baby! Sorry!
Cogimos muchas veces y más condones iban decorando la fachada de uno más de los clásicos edificios para la clase jodida de Nueva York.

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2 Comentarios a “Condones por la ventana”

  1. congefan dice:

    Muy buen relato! Conge cada dia escribes mejor!
    Me encanto como describiste a este personaje y su vida
    i love new york!

  2. congefan dice:

    Muy buen relato! Conge cada dia escribes mejor!
    Me encanto como describiste a este personaje y su vida
    i love new york!

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