Los días pasan lento en la “ciudad de los tapabocas“. Hay una extraña sensación de unidad, todos los que aquí vivimos tenemos un denominador común, en todas partes se habla de lo mismo, pero incluso cuando nadie se está hablando entre sí, estamos en el mismo tren. Un tren incierto, angustioso para muchos y, también (hay que aceptarlo) liberador de las ataduras cotidianas. A mi que me gusta analizar a la gente en el supermercado, me parece interesantísimo ver a quienes transitan por los pasillos de manera regular y sin tapabocas, hay quienes llenan sus carros con cientos de botellas de agua, latas de atún y sardinas y frascos de vitamina C. Otros, en el mismo tono de emergencia, los llenan de cigarros y cervezas. Ese es el tipo de comunidades transitorias que dicen mucho de sí mismos sin necesidad de articular palabra. A pesar de esa especie de “unión” también cargamos a cuestas un profundo miedo al otro, a ese sujeto sospechoso (que en este momento somos todos) a quien sólo le vemos los ojos y que sería nuestro total enemigo si, por casualidad (o no), se atreviera a estornudar o a toser cerca. Una amiga usó el término “Ciudad V.I.P.” y sí, algo hay de eso, sin embargo no existe la cantidad suficiente de actividades posibles como para sentir los efectos benéficos de la poca gente en las calles. Sería un maravilloso día para ir al zoológico, a los museos, al cine, pero nada de eso está en operación. Muchos trabajamos desde nuestras casas o tal vez no trabajamos en absoluto y nos dedicamos a cocinar, arreglar los pendientes de la casa, leer un libro que teníamos atrasado. Los papás les marcan a sus hijos para saber si se están cuidando.
Y en esta incómoda tranquilidad, mientras cineastas se frustran porque el pasado era el fin de semana de estreno de su película, los turistas se quedan en sus cuartos de hotel, los músicos, escritores, bailarines que tenían presentaciones e inauguraciones se sientan a ver las noticias; mientras las mamás ya no saben ni qué hacer con sus hijos y los doctores y periodistas están al tope de trabajo, los que vivimos en el DF y algunos otros estados del país, empezamos a especular ¿hasta cuándo?. Sería mucho más agradable vivir estos días teniendo alguna certeza de cuándo terminará, pero no es así.
Yo que me dedico a recomendar eventos, exposiciones, presentaciones de libros, ferias, conciertos y demás, me encuentro con páginas completas en mi correo electrónico cuyos títulos rezan todos: “Cancelación de, se suspende, se pospone, cerrado hasta nuevo aviso.”
Entonces nos vamos un poco más allá , ¿Habrá festival del día de las madres? (hay gente a la que sí le importa ese tema) ¿habrá Vive Latino? ¿Podremos salir de viaje en el puente? (que ya ni puente es) y, sobretodo ¿me irá a pasar a mi? ¿ a alguien cercano?
De entre todas las reacciones que ha tenido la gente ¿de qué lado estamos? ¿el de la paranoia, la sensatez, la histeria, la apatía e incredulidad?
Sin duda lo que ha pasado estos días es algo que no habíamos vivido ¿cuál será la evaluación del comportamiento de los mexicanos una vez que esto pase?
Eso, claro está, los sabremos cuando todo haya acabado, pero, acabado con qué….hasta cuándo.