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El viaje sin regreso al Nunca Jamás


En uno de esos espasmos colosales que da nuestro exfoliado planeta, las muertes de figuras del espectáculo detienen el tiempo sólo un momento. Lo suficiente como para que, en medio de la prisa, echemos un vistazo morboso al incidente, documentemos uno que otro dato importante cual periodista light y continuemos la rutina hasta compartir el incidente a la hora de la cena.
-Soy Peter Pan
-Eres Michael Jackson
-SOY Peter Pan
-Pero eres Michael Jackson
-SOY PETER PAN…
Aquel diálogo, extraído del controversial documental del periodista Martin Bashir, “Living with Michael Jackson“, cedía a las especulaciones que de él se hicieron propios y extraños: Un parque de diversiones privado llamado Neverland, una actitud de una persona que se negaba a dejar la infancia y una obsesión de renunciar a una raza para formar parte de otra, sólo fueron pequeñas páginas de un enorme catálogo de excentricidades de las que mortales comunes y corrientes como nosotros sólo disponemos algunas páginas.
Por eso, difícilmente un personaje como este ¿blancafricano? podría pasar desapercibido; y mucho menos, indiferente.
Jamás desapercibido, por su lugar indiscutible e indestructible como monarca del pop, del que, aceptémoslo, ya no nos debemos preocupar por encontrarle heredero: si en política las monarquías dieron paso a las democracias, en la música no tiene porqué pasar lo contrario. Además, la prueba y error nos han comprobado que encontrar un sucesor al trono en tiempos de democracia es un simple despropósito (¿Ó de verdad creen que los Arctic Monkeys son los próximos Beatles?)
Jamás indiferente, por lo que ocurre cuando queremos leer entre líneas, el fantasma de la pedofilia lo acompañó cual legionario de Cristo llamado Marcial casi desde el momento en que dejaba de ser un niño para convertirse en leyenda.
Su sexualidad ambigua nunca tapó el ojo al macho ni casándose con Lisa Marie Presley, y el riesgo en el que puso a uno de sus hijos en aquella ventana alemana gritaban que algo en Nunca Jamás andaba mal. Pero había que seguir viendo, con palomitas y dedos índices hacia la pantalla.
Después del juicio de 2005, en el que fue declarado inocente en un caso que no tenía similar desde que OJ Simpson polarizara la opinión pública en Estados Unidos; el autor de himnos como la chiclosa Billy Jean, o Beat it y sus guiños rockeros; llegaba a la mitad de la primera década del nuevo milenio con un tibio regreso discográfico y con la victoria en la corte. Pero, hasta donde todavía le importa a algunas personas, derrotado hasta la humillación en lo moral, concepto en sí escurridizo.
La bancarrota vendría después, y el estilo de vida de un niño atrapado en el cuerpo de un adulto tendría que pasar a uno más austero (aunque no en el sentido con el que los clase-medieros tomamos la austeridad, claro está).
Cuando su espectacular regreso ya cimbraba Londres antes de tiempo, con la maratónica serie de conciertos que tenía programados entre este año y 2010, un infarto fue lo suficiente como para cortarle el vuelo. Y la noticia es ahora conocida por todos.
Ahora, sólo queda esperar la nostalgia y el recuerdo eterno cortesía de cuanto medio de comunicación estemos dispuestos a consumir.
Lo que queda para la posteridad, entonces, es determinar hasta qué punto todo lo malo que pudo haber hecho este artista se puede pasar por alto al contrapesarlo contra las emociones que afloró en millones de seguidores alrededor del globo.
Michael Jackson no irá ni al cielo, como dicen sus seguidores, ni al infierno, como se regocijan sus detractores. El primer hombre en bailar sobre la luna está, como siempre lo quiso, en el país del Nunca Jamás.

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Para DIXO.com, el Micro.

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