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2 – 5 [Dixo de Madrugada]


[texto antecedente]

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En la segunda hoja quiso provocarse en escritura todo aquello que le regresara el recuerdo exiliado de ella, aquella mujer, quimera de su felicidad, recordarla como lo exigía la entrada a su tentación, pero para hacer los honores necesarios a las ridículas formas y realeza de su trascendencia tuvo que regresar el tiempo a sus espaldas, a los días claros en los que el tejido de su suerte lo miraba de lejos sin saber dónde terminaría, curioso de saber cuál de los tantos caminos tomarían sus pisadas silenciosas.

Recordó un tanto más atrás del horizonte que formaba la linea de sus hombros cansados, mucho antes de los tiempos de ella y de ellas que serían su vida, su tormento y su alivio. Recordó el día que de sus labios agrietados escaparon las palabras que no lo dejarían dar la espalda a su destino: -”así que aquí comienza todo”, -se dijo mientras palpaba las lineas del viento, intentando retenerlas, impidiendo que escaparan y esperó sentado el lento trote de la luz buscando la noche que nunca lo despreció.

Nunca pudo ver su sombra con claridad porque lo visitaba en la incertidumbre de las formas nocturnas a la luz de las caprichosas velas. Cuando las demás duermen en uniforme oscuridad la de él llegaba con el estruendo del callado que deja sordos a los que lo escuchan. Le hablaba a su sombra siempre en silencio y en silencio ella se quedaba, hasta el día en que se atrevió a preguntarle aquello que lo tenia inquieto, -tú- le dijo en desprecio, – ¿cuándo me visitará la última lluvia de mi vida? -y ella contestó que, al llegar ese momento, cualquiera que éste fuera, estarían palpando la misma tierra, esperando juntos la respuesta que no tenía y agonizarían ante la luz última de su muerte. Después de eso intentó ocultar el silencio de la oscuridad que nació en él, pero éste siempre fue creciendo en su interior, eran los años que guardaba en el sótano y cada día eran más y cada día más pesados.

Nunca llegó el milagro de la eternidad que tanto deseó al saber que el tiempo sólo le iba a dar un amor y varias muertes. Nunca llegó la gloria del amor que todos rezan haber encontrado y todos sufren haber perdido. Nunca tuvo campos de trigo eternos para compartir con miradas siamesas de asombro. Nunca tuvo quién escuchara el canto de sus recuerdos para que perduraran por el aire de las palabras.

Nació el día de las tormentas y la obsesión llegó con el llanto impidiéndole olvidar que su tiempo se iba a terminar, por eso vivió rápido y por eso buscó un lugar donde los segundos no soportaran el calor de los termómetros de la tentación carnal ni el vuelo de las mariposas que anuncian el cambio de las imágenes inertes del sol. Por eso compró con el oro azul del cielo escasos años vertidos en los minutos que utilizó en la segunda hoja de sus plegarias, rogando que su culo no se elevara inesperadamente de la deprimida banca hacia el edén señalando el fin de sus días, y vio en el iris de la seca humedad la oportunidad de hablar sobre sus primeros días, sobre los primeros temblores que le arrancaron la tranquilidad a los seis años, sobre los primeros amores que le estrellaron la inocencia. Para su desgracia la dicha del amor lo apuñaló de muerte a los cuatro años y de ahí nunca pudo dejar de aspirar la respiración de las mujeres, todas asesinas de su cordura. No pudo regresar el tiempo por mucho, sólo lo pudo hacer más longevo con la magia negra de la tinta oscura que vertió en la segunda hoja de su testamento emocional.

Siempre caminó al paso calmado que le marcaban los triángulos de sus madrugadas y el pesar de las rocas que llevaba en cada mano para asustar a la realidad por si se presentaba en la seductora forma de un deseo que lo siguiera por el resto de sus días. Ya no quiso pensar desde los dieciocho pedazos que le quedaron de aquel sentimiento que arruinó la sinceridad y, aunque quiso caminar acompañado por colinas, no fue capaz de esperar a quien tenia miedo de morir con el retorno del remordimiento.

Las tentaciones son momentos dentro del vientre de un hielo que tarde o temprano termina por descongelarse y sus manos cálidas de deseos sólo empezaban lo que el tiempo habría de concluir y ninguna mujer le entregó la frialdad de una posibilidad ni el deseo primogénito de una vida juntos.

No tenia nombre en Hormiga, era un extraño que se sentaba a esperar que el sol le quemara la mirada con la que flotaban sus días y se levantaba a la interrupción de alguna noche poco digna de un recuerdo.

Le gustó el día y la noche en que iba a morir, sólo que esa no la recordaría a la mañana siguiente, quizá por eso la anotó en la segunda hoja, recordando que llegó en el día de las tormentas, que vio con soledad campos de trigo, nubes desproporcionadas de sueños comunales y recordando que él nació el día en que murió.

Uno dos y tres el día se volvía gris.

Uno dos y tres había que seguir.

Escrito por: Fernando Benavides
Ilustración de: Gaby Zermeño

 

 

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