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Malos vicios, malas costumbres. [Dixo de madrugada]


 

 

Un domingo cualquiera yo caminaba por las calles de Lisboa y un local llamó poderosamente mi atención. Le pedí a la dama que iba conmigo que me permitiera unos momentos y entrara conmigo al establecimiento:

-¿Una librería? ¡Ash, no! ¡Qué hueva! En todos lados ves libros, una librería de otro país no tiene nada de particular. Voy por un helado.

Entonces me dejó así. En mi soledad, como siempre que se trataba de libros y eventos “culturosos”. Ella “no es de esas.”

Entré a recorrer los pasillos que poseían listados portentosos de letras acentuadas en portugués y una vasta colección de todos tipo de temas: mitológicos, poéticos, de superación, de técnicas y teorías; también el clásico e infaltable estante de José Saramago con varios de sus libros cobijados en carátulas amarillas brillantes y con un precio acorde a su reciente fallecimiento.

Sin embargo, una pareja de chicos me llamó aún más la atención. Venían cargando sus mochilas y por sus cabellos revueltos supuse que serían turistas extranjeros curioseando sin ánimos de comprar nada.

Los escuché hablar en español y supe que se trataba de paisanos míos: mexicanos. Mientras veían todos los libros, él le sugería a ella que buscara poesía típica del país o algo similar. Pese a que así lo hicieron, los libros que terminaron llamando su atención fueron un compilado de Juan Rulfo, en portugués, y otro libro de García Márquez.

Él, muy decidido a adquirir uno, le preguntó a la chica: “¿Tú cuál te llevarías?”, y ella muy segura le contestó: “Ninguno.”

El chico la miró atónito:

- ¿Por qué?

- Pues me estás preguntando que cuál me llevaría y no, no me llevaría ninguno porque creo que lo mejor sería que encontraras un libro de un autor local en vez de gastar tu dinero en un libro que de origen es de autores de habla castellana.

Por absurdo que parezca, me di cuenta de que, en cierto modo, yo había entrado con la misma intención a la librería.

Me imaginé por un momento en algún café de México con una copa de coñac en la mano, charlando sobre el maravilloso libro de Julio Verne que me hallé en la librería de aquélla rúa europea y cuyo valor para mí estaba impreso en la traducción a un idioma que no fuera el mío.

Así de golpe, entendí que somos muchos los que creemos que el valor de comprar un libro tiene más que ver con lo cosmopolitas que nos podamos ver al adquirirlo y no con lo que de verdad nos aporte su contenido.  Esa es una mala, malísima costumbre que tiene casi toda la gente que se percibe “cultural” y realmente no lo es tanto.

¡Hombre! Sí, de todo se puede presumir en esta vida y los libros no son la excepción. ¡Qué ingenuo de mí que supuse que gastándome unos euros para auto imponerle un valor agregado a un libro envició el hecho de la lectura y lo rebajó a segundo plano!

 

Texto: Xox.

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